Monday

Desayuno-cena



Como de costumbre, has dormido más de lo planeado. Tienes que enviar un correo electrónico para avisar a tu contacto de que tardarás unos días más en terminar la mitad del trabajo.

Son las 5 y pico de la tarde. Lógico, si piensas que llegaste a casa a las 7. Tampoco has dormido un tiempo excesivo.

Mientras te piensas si salir o no de debajo del edredón rosa, decides encender un momento la tele. Anoche viste una maqueta, con sus coches, sus aeropuertos...todo a escala, sobre la que habían vertido un tanque de barro que se lo llevaba todo por delante. Quieres conectar un rato con el informativo especial para cerciorarte de que esas escenas, como parece que dijeron después, no correspondían en realidad a la destrucción de una maqueta sino de coches y aeropuertos reales. Suerte que el control remoto está bajo la almohada.

Son los mismos presentadores que viste por la mañana. Están hechos dos pinceles; él con un peinado muy de moda, ella con una elegante chaqueta. Mantienen el mismo tono informativo agitado de la última vez. Ahora tienen en el estudio a un experto del Centro de Seguimiento Sísmico, que explica en actitud sosegada los pormenores de una colada de barro cuando arrasa con casas y campos de labor.

Anoche aguantaste más de lo previsto en la cafetería. Qué misteriosos mecanismos estarán detrás de que aguantes en tu posición o cedas al cansancio; qué enigmáticos procesos determinarán que estés animado o deprimido; qué combinación de botones y palancas tendrá que accionarse en tu interior para que consigas trabajar una hora seguida.

Pronto tendrás que modificar el cartel. Ya no necesitas colaboradores, sino alguien que te suceda. El problema es cuando te pregunten en qué exactamente te tienen que suceder...

Comentario: ¡ánimo!


La presentadora le pregunta al sismólogo si cree que habría tiempo de escapar de una colada de barro. A vista de pájaro se aprecia que su velocidad de flujo es muy considerable.

Anoche llegaste a la cafetería sobre las doce y media. Las primeras horas fueron de cálida conversación intercontinental con tus cómplices, estuvieron llenas del entusiasmo poroso que sale a flote en el océano de tus frustraciones y amenaza todo el rato con llenarse de agua y empezar a hundirse otra vez. Pero que te quiten lo bailado...Lo que es una pena es no haber dejado testimonio escrito de los pensamientos épicos que te rondaban mientras pintabas de colorines las fachadas cibernéticas de tu museo.
Después empezó a hacer frío, tus cómplices te animaron a seguir con el trabajo sin distracciones, y pasaste la mayor parte de la noche solo. La barra quedaba lejos de tu posición y los únicos clientes que entraban, con cuentagotas, venían ya a la deriva, esperando que pasara su marejada nocturna de licor. Deseabas que aclarase el día sólo para que llegaran unos cuantos clientes dispuestos a tener un día productivo a pesar de tener que trabajar en sábado y que, habiendo salido de casa con un buen margen de tiempo, pidieran cafés y bollería, y desayunaran despacio, disfrutando de lo que hacen. Te habría encantado verlo. Pero, cuando presumiblemente se dio esa escena en la cafetería, tú ya estarías envuelto entre la sábana azul y la rosa. Tenías los ojos como tomates y Concentración había seguido el camino de las demás musas.

Eres un rebelde. Contra tu rebeldía te rebelas.


Al salir de la cafetería, viste a un chico de unos veinticinco años cuyo cuerpo ocupaba media calle. Su cabeza reposaba en un montón de cartones botados por el personal de la cafetería. Te quedaste mirando un momento. Respiraba.

Por el camino, te acercaste a la camioneta que, de madrugada, siempre hay plantada en la acera, y donde una señora muy simpática ofrece tostadas con verduras a los transeúntes que se dirigen en estampida a la estación de metro, y que no tienen tiempo de sentarse a tomar un café y algo de bollería.

Tras dudar menos de lo habitual, te acercaste.

La conversación con la señora siempre es muy breve; lo que tarda ella en servirte el sandwich y tú en coger una botellita de soja. A lo largo de unos dos meses, te ha preguntado: “¿de dónde vienes?”; “¿dónde trabajas?”; “¿vas al trabajo, o vienes?”; “¿estás casado?”; “¿no echas de menos a tu pareja?.

Y el señor que siempre está allí con ella siempre comenta algo. “No parece americano; más bien de Oriente Medio”; “fíjate, los occidentales tienen la piel más lustrosa que nosotros”. Cuando lo de la pareja, se quedó escuchando atentamente...

Hoy te preguntó si habías oído lo del terremoto.


De camino a casa, vas repasando la tercera frase aguda de la noche: “Delante de él, caminos estrechos, precipicios, cuestas arriba, arenas movedizas (...). Detrás de él...De repente, lo de delante parece mucho más atractivo...”

El número de víctimas se ha multiplicado por 1,6 en el rato que has estado durmiendo. Los desaparecidos...ya ni lo dicen.

Ya tienes plan para hoy: intentar la heroicidad de terminar al menos una parte lo comprometido para el lunes. Hoy no vale la estrategia del avestruz; recuerda: el único camino posible es hacia delante...

No hay conexión a la red. Los cortes son relativamente frecuentes en los últimos días.

¿Empiezas a tomar las pastillas? Lo seguirás pensando hasta mañana.

Por suerte, el terremoto no se ha sentido en esta zona.

No hay conexión. Ya ha excusa para dar un paseo hasta un lugar de estudio nuevo.

Ah, olvidaste encender el calentador de agua.
Hoy estás exento de un afeitado de detalle.

¿Y si dedicas un rato a escribir todas estas pequeñas historias? Quizá resulte algo interesante...

¿Será verdad que no te ha afectado tanto la pérdida?

Así vale. Un poco de champú y fuera.

Menos mal que te lo dijeron por escrito.

Y, ¿si por lo de escribir, te enredas y ya no haces nada en lo que queda de día...?

Escribiste una nota en tu blog, la copiaste en tu muro de la red social, y estuviste unas horas apagado y meditabundo, aunque sin dejar por ello de poner diques para frenar las olas cognitivas, que nunca paran.
¿Será suficiente? ¿No surgirá más adelante la melancolía acumulada? Quién lo sabe.

Bajo el agua caliente, saltan detalles de ella. Hacía años que sólo hablabais por teléfono, lo cual no impedía que tuvierais una buena complicidad. Sí, está surgiendo la tristeza. Piensa en otra cosa.

Y no olvides que otras muchas personas seguirán su camino...

Capta tu atención el tono azul verdoso de un grumo de espuma de afeitar a la deriva en la masa de agua de unos cuatro dedos de profundidad que cubre el piso de la ducha. Tal vez habría que comunicarles la avería a los dueños. Eso también sería seguir el camino de delante. Intentas pisarla con tu chancla derecha. Hoy no escribas a los dueños; hoy no hay un minuto que perder.


En el mercado de valores, gente descolorida hace gestos espasmódicos. Diriges el remoto a la pantalla, amenazas a los brokers con el dedo sobre el botón de cambio de canal y, visto que no reaccionan, disparas. Los terremotos no llegan al universo espiritual hessiano. Me encanta este canal.


“A este ritmo, dentro de poco el problema ya no será si se puede salvar al paciente, sino cómo acortar su agonía”, fue la segunda idea que, en relación a las enfermedades del planeta, te asaltó poco antes de llegar al portal de tu casa esta mañana. Recuerdas haber tenido pensamientos más optimistas en las últimas semanas.

El portal escupe tu silueta rechoncha. Esa puerta de vidrio con lector de tarjetas de acceso es un puente rápido que conecta el mundo de las cosas bastante impredecibles con el de las cosas totalmente impredecibles.

Una señora de unos setenta años coloca cartones y bandejas en una carretilla. Acepta agradecida el café que le ofrece un joven muy dinámico y surgido de una tienda vecina.
Pasa un grupo de ancianos, todos con sombrero y envueltos en una conversación muy animada.

Sonidos del barrio. Quién pudiera pasar todas estas escenas a formatos reconocibles por el ordenador y los principales programas gratuitos de edición de vídeo.

En el autobús, no hay espacio para que te quites el abrigo. Empiezas a derretirte. Aquí no hay costumbre de pedir permiso, ni perdón, a la hora de desplazar a la gente para abrirse paso. Siempre te queda tu lengua nativa para despotricar; es un ejercicio muy sano y, después de todo, el teórico momento en que un estudiante de tu lengua nativa se gire hacia ti, casi tan sorprendido como tú, para confirmar que lo que has dicho lo ha oído antes, no tendrá tanto de escena incómoda como de comienzo de una gran amistad. Lo malo es la probabilidad de que tu nuevo compañero sea de menor edad que tú y vaya en tu busca con un grupo de amigos para que les invites a beber.

Tu periplo por el campus ha sido más corto de lo que pensabas. Y te has atrevido a preguntar.

Sólo faltaba que hubiera conexión.

Tú pides mucho. La hay, pero para suscriptores del servicio.

Aquí conviene estudiar con el abrigo puesto. ¿Hasta qué hora estará abierto?

Te costaría encontrar diferencias de importancia entre este lugar y la zona de estudio de una universidad situada a media hora del lugar del mundo donde naciste.


El pasillo te ofrece la distracción intermitente de personas, por lo general en grupo, que han estado estudiando un sábado y ya se dirigen a las principales zonas de marcha.

¿Pasarán la mayoría por casa antes de salir...?

No habría estado mal ir al templo ayer, después de la clase.

¿...o se irán directamente a tomar algo?

Probablemente lo del templo sería mejor que todas las pastillas juntas.

Pero tenías un fin de plazo de entrega.

¿A quién le vas a preguntar a qué hora cierran las instalaciones?

Siempre te pillan desprevenido los plazos. Hay que verte...

Tendrías que picar algo. ¿O será una treta para huir?

No te preocupes. Lo importante es que, si huyes a otra parte, tú te quedes aquí. Recuerda que no huyes sino de tu propia presencia.

Al parecer, hay un lugar muy acogedor para estudiar dentro del campus.

Ríos, bosques. Aquí sí están a escala. Pero eso es suficiente para tener la sensación de estar haciendo senderismo. Eso podría salvar el día.

Disfrutas del aire libre.

Sólo te preocupa no estar respirando lo suficientemente profundo.


Y no sabes si escuchar música o fundirte con el entorno en actitud hipersensible ante los sonidos naturales.

Por lo demás, vas de camino a casa. Tras unas cuantas vueltas por el campus, desistes de encontrar la esperada zona de estudio. El intervalo de aparición de personas a las que preguntar ronda los dos minutos. ¿Quién te dice que, si la encuentras, te vayas a poder concentrar?

Pero lo que te lleva a decantarte definitivamente por volver a casa es la idea de que si, como te han dicho, ese lugar lo cierran a las 2, a esas horas no tendrás medio de locomoción.

Has aprovechado el vagar por el campus para sacar unas tomas de vídeo. Ya sabes qué música le pondrás de fondo. Sólo con que consigas una historia, voilà.


Todo el mundo se baja. Apaga las luces. Ha dado la vuelta y se ha internado en el campus, de donde tú vienes. Otro conductor te había dicho que esa línea era la que te llevaba a casa.

Pega unos botes tremendos. Con la mirada fija en la pantalla, del tamaño de la palma de tu mano, intentas tomar nota de todo para, al menos, sacar una página de diario. No olvides apuntar lo del aire puro. Basta una incursión al campus para encontrarse en plena naturaleza.
No queda batería. Teclea más deprisa. El bus da unos botes de impresión. Con cada chincheta del camino, cambia la canción de fondo.

¿Puede ser que todas las cuestas del campus sean cuesta arriba? ¿No hay cuestas abajo? Parece un poco raro físicamente. Sin embargo, es así como lo has sentido, ataviado con un abrigo gordo, la maleta del ordenador, los bolsillos llenos de cosas, etc.

Desde detrás de la música, el conductor trata de avisarte de que habéis llegado a la última parada. Te quitas los cascos, pero no entiendes bien lo que dice. Te bajas. Gracias, que pase buena noche. Igualmente.

El canal. Basta que lo sigas para llegar a casa.
Unos chicos echan unas canastas. Desde un banco, una pareja muy acurrucada disfruta gratis del partido.

- Deme una. No, mejor deme dos- le darás una a tu vecino. Hoy te gustaría pasar un rato con él.
Lavas fresas mientras escuchas los rezos de fondo. Es casi medianoche; quizá habría que bajar un poco el volumen.

¿Será la vida del templo como aparece en las imágenes de fondo?

Y, ¿si alternaras el trabajo con lecturas entretenidas?

Adoptas una postura cómoda. Hoy sigues los rezos como oyente. Eres todo curiosidad. Las fresas no duran mucho. Habría que cenar así de vez en cuando.

No cambies de canal.

Y, ¿si dedicas la noche a dormir? Dicen que existe una cierta conexión entre la noche y el sueño...

Sí, pero, ¿y la fecha de entrega?

No cambies de canal. Conocer los detalles no te va a aportar nada.

Siempre te pillan las fechas de entrega.

Habría que mejorar los sistemas de predicción y alerta ante desastres.

(...)

¿Qué hora será...?
Supongo que no te ha venido mal dormir diez horas.

Venga; hoy te tiene que cundir.
Sigue sin haber conexión.

El espacio es muy reducido en los servicios de la cafetería. Saca el cepillo y la pasta. Pero ahí estás tapando el camino. Un chico espera pacientemente que dejes el paso libre y, cuando no le queda más remedio que pasar, te pide permiso muy educadamente. Se dirige a ti exactamente como se dirigiría a un local. Ni te trata ni mejor ni peor porque seas de fuera.

Un rato después, ves al mismo chico a través de la mampara. Está con un amigo en la zona de fumadores. Que no se vayan. Te gustaría retenerlos con cualquier excusa. Ellos representan el estado de ánimo que te permitió lavarte los dientes, pedir un café, acomodarte con parsimonia en una mesa con enchufe...

Me prostro arrepentido de los pensamientos, palabras y acciones con los que contribuyo a crear apegos.




1 comment:

LetQ said...

Estoy contigo, en tu corazón... no estoy lejos de ti, estoy muy unida a ti...